domingo, 19 de agosto de 2018

Mi primer viaje sola

Desde muy chica siempre fantaseé con viajar por el mundo. Tuve la suerte de viajar mucho, por muchos lados, gracias a mi papá. Siempre busqué nutrirme de experiencias y vivencias, mías y ajenas.
Sin embargo, algo en esos viajes me faltaba. Me faltaba el conocer más allá del turismo, el conocer a la gente y a las realidades de los lugares que visitaba.

Siempre quise conocer mi país y a su gente. También, a los 15 me prometí que cuando tuviera 20 iba a irme a Alaska, a ver las auroras boreales (No estoy yendo a Alaska, pero me estoy moviendo). Con una amiga prometimos irnos a Marruecos, y siempre quise conocer a alguna tribu, como los inuit.

Este año tuve mi primer trabajo "estable" y creí que tener un buen sueldo y poder comprar lo que quisiera iba a hacerme feliz. Pero no. Estaba estresada, triste y enojada. No quería pasar el resto de mi vida así, no entendía por qué tenía que pasarlo así. ¿Cómo puede ser que la gente celebre ese estilo de vida? ¿Cómo es que siguen romantizando la cultura de trabajo?

No sé en qué momento fui dejando mis sueños de lado, pero me di cuenta de lo que estaba ocurriendo y de un cachetazo me desperté de tantas cosas de la vida. No sé si salí de la Matrix, porque no sé si realmente se puede, pero al menos soy consciente de mucho más. Consciente de lo que deseo para mi vida.

Así que de la nada, una mañana, decidí irme. La idea del viaje me motivó a seguir trabajando todas esas horas, para poder irme sin ayuda de nadie. Quería irme, y quería irme sola, a encontrarme conmigo misma, con mi esencia, en mi estado puro. Nada me emocionaba más.

PREPARATIVOS ENERGIZADOS


Hablé con muchxs amigxs buscando consejos y ayuda, y así es como afiancé uno de los vínculos más recientes y lindos con uno de ellxs. Empecé a pensar en lugares, en cómo llegar, en cómo moverme, cuánta plata necesitaba, qué podía hacer, qué comer, a qué hora levantarme. 
La idea de irme sola me hacía sentir empoderada y nada me llenaba más de gloria. Era una prueba de independencia, de amor, de búsqueda. Tirarme a las profundidades y empezar a bucear dentro de mi ser.
La cabeza me iba a mil por hora y los proyectos eran más y más y más. Sentí cómo mi mente se amplió kilómetros y se preparó para este nuevo objetivo, explorando nuevos rincones que estaban algo adormecidos.
Abrí mi mente y permití que se llenase de luz.

Primero pensé en el tipo de viaje que quería. Quería un viaje tan simple como complejo.
Simple, en el sentido de despojarme de varios lujos y con la poquita plata que llevé hacer mucho,  sin tampoco arriesgarme o complicarme de más haciendo que el viaje sea incómodo. Al menos esta primera vez, no.
Complejo, en el sentido de encontrarme con desafíos, con distintas perspectivas, con situaciones que me sacudieran y me sacaran de mi zona de comfort.

Con esto sabido me puse a mirar los pueblos que me interesaban, y con lo que me recomendaron, armé mi ruta.

  1. San Salvador de Jujuy.
  2. Purmamarca.
  3. Maimará.
  4. Humahuaca.
  5. Iruya.
  6. Tilcara.
A San Salvador llegué en avión, porque no había gran diferencia entre un pasaje de micro y el vuelo (Y volando desde Buenos Aires llegaría en tres horas nada más). Viajé con la empresa Andes.


MIEDOS QUE PARALIZAN 

Si bien la idea de viajar sola me emocionaba terriblemente, la semana anterior al viaje las inseguridades se pusieron a flor de piel. 
"¿Y si me enfermo allá sola? ¿Y si no puedo vibrar con la gente como espero? ¿Y si me pierdo? ¿Y si encima no tengo señal para pedir ayuda o comunicarme? ¿Y si me roban o paso un momento incómodo? ¿Y si me decepciono a mí misma y no soy quien creo ser?"

Mi mente se quedó estancada en todo lo que los demás (familia, amigos, medios) decían pero me mentalice y filtre toda esa negatividad. Decidí escuchar a mis amigos que ya habían viajado y experimentado el viaje y me centré en esas anécdotas.

DESPEDIRME DE MAMÁ

Con mí mamá siempre fuimos muy compañeras. Soy su única hija, así que imagino que si yo estaba nerviosa, ella lo estaría el doble.
La despedida fue suave y lenta. Arrancó una semana antes, cuando a ella le cayó la ficha (antes que a mí) de toda la situación.
Me mandó un mensaje hermoso y lleno de amor, que atesoro y reservo para mí. Esa noche me dio uno de los abrazos más lindos que alguna vez me dieron.
Un abrazo fuerte pero suave, nervioso pero calmo. Para mí fue un manto cálido, lleno de amor y lágrimas, donde me sentí muy protegida como hacía muchísimo tiempo (cuando era chiquita) no sentía.
Casi que pude escuchar, como por telepatía, todos sus buenos deseos, y cómo a la vez me estaba soltando para partir. No hicieron falta palabras.
Con ese abrazo se apagaron mis miedos, al menos hasta el día del viaje. Supe que todo iba a ir bien.


DESPEDIRME DE PAPÁ

Con papá nunca fuimos muy expresivos, pero nos entendemos mejor de lo que parece. No soy su única hija, pero sí la más chica.
Pasé las horas antes de viajar con él e hicimos como que no pasaba nada, pero pude percibir su emoción y ganas de llorar constante. También yo estaba emocionada.
Cuando tuvimos que separarnos para hacer el pre-embarque nos dimos un abrazo hermoso, lleno de cariño dónde tampoco hicieron falta palabras. Nos aguantamos las lágrimas los dos porque así somos, pero no faltaron emociones por expresarse.
Nos saludamos como 5 veces hasta que ya no pude verlo, cómo en las películas.


UNA ENTRE UN MILLÓN

Así como me despedí de papá entré a la zona de pre-embarque súper nerviosa.
"¿A dónde viaja?" me preguntaron. Con un nudo agarradisimo en la garganta le respondí "Jujuy".
Cuando entré estaba todo tan lleno de personas, familias, amigos, parejas, que no sabía a dónde ir. Así que me fui al baño un poco a bajar, un poco a esconderme, un poco a mirarme.

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